He ido a un refugio de montaña, con las amigas de Ana... por amor.
Me invitaron para celebrar el cumpleaños de N. y acepté porque es la primera vez que hacíamos algo juntas con sus amigas.
Fin de semana en un refugio de montaña, a cinco grados bajo cero, con un humo que se metía por todas partes, con frío, mucho frío...
Hacía unos doce años que no dormía en el suelo. ¡Bendita colchoneta prestada por T.! Aunque los sacos nos los prestó la super-jefa, montañera de pro, a las ocho de la mañana nos hemos levantado: yo tenía los pies congelados y a Ana le ha venido la regla. Menos mal que dos cafés con leche o un té y ensaimada arreglan el cuerpo.
No hay nada como perder la intimidad propia poniéndote un tampón en un monte, bajo cero, con un frontal en la cabeza, tu novia al lado y las vacas a menos de tres metros. ¡Date la vuelta, por favor! (Jefa, no sé cómo encuentras relajante mear o lo que sea en el campo. Ni vistas ni nada. Donde haya un baño limpio...)
Lo positivo: hemos estado felices; he compartido a Ana con sus amigas o me ha compartido ella; hemos tocado y cantado mil canciones mientras M. se emocionaba con cada una de ellas; Ana nos ha cocinado, prendido el fuego, asado... ¡en su salsa! Me gusta verla tan contenta y oír cómo se ríe.
Una aventura para contar toda esta semana. Un nuevo mote para Ana: "la caganet de la alta montaña". ¡Qué risas con su gorro rojo!